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viernes, 13 de julio de 2012

Rendición

Me rindo. No hay más. Cuando termine estas líneas me habré rendido contigo. Sé que es imposible, lo he intentado (en realidad solo vagamente, lo he soñado más bien, porque tampoco podía hacer nada más) pero la situación me ha vencido. Y ahora, mientras escribo, un oleaje de bilis y desesperación recorre mis entrañas, quemándome vivo por dentro. Es el sentimiento de saber que todo acaba, de que todas esas ideas que se habían formado en mi cabeza llegan a su fin por mi propia PERO involuntaria decisión. Tú allí y yo aquí. Dentro de poco estaremos más cerca, pero de todas formas no será suficiente, porque tú ni siquiera sabes que existo. Tú ya tienes quien te abrace, quien te acaricie, quien te diga "Te quiero", quien recorra tu cuerpo con sus dedos, quien te mire de frente y haga que tu mundo se tambalee con tan solo una sonrisa. Lo peor es que tú le correspondes. Yo quería eso contigo pero no va a ser así.
Puede que en el fondo de mi alma, en realidad no me rinda. Puede que en el fondo siga guardando la esperanza, porque soy así de tonto, porque soy así de ingenuo, pero empiezo a saber que hay cosas que uno no puede manejar. Los sentimientos de los demás, al igual que por desgracia los míos, no son modificables o manipulables.
Está bien: Acepto la derrota.

Un minuto más - La Oreja de Van Gogh

lunes, 11 de junio de 2012

Vacío


Ese agujero en el estómago que se me queda cuando me despido de la gente. Las despedidas (*suspiro*): Menuda puta mierda de invento éste. Me siento inestable, perdido, sin rumbo, mirando hacia ninguna parte. El estómago se me rompe en dos mientras veo alejarse a la gente.
Y no solo me pasa en las despedidas. Ya no hablo del hecho en sí, sino de la sensación. Te invade el frío, el desequilibrio, el sinsentido, la inquietud de una fragilidad que se ve expuesta al exterior. Estás tú frente al resto de peligros que acechan a tu seguridad. Ellos se van, no sabes si volverán, y esa inseguridad crea aflicción. La aflicción se convierte en apatía y pesadumbre. Desgana. Siento desgana por lo que vendrá. Sinceramente, no me importa.
Mis padres cruzan el control de seguridad del aeropuerto y yo sigo mi rumbo después de alzar las manos en señal de "adiós" hacia mis padres. Mi madre me mira con los ojos medio en lágrimas (intenta no llorar porque cree que yo pienso que es innecesario y ridículo). Sé que lo exteriorizo así, pero no soy capaz de decirle que prefiero que llore.
Y así pasan los segundos. Hasta que vuelvo a la normalidad después de escribir estas líneas. Imagino que después de esto no pasará nada, todo seguirá igual y el curso de mi vida no cambiará. Pero ese momento es horrible. Odioso diría yo. ¡No lo soporto!
Ese momento de quebranto.
Y después, durante un tiempo, el vacío.

"Wish You Well" - Katie Herzig

martes, 1 de mayo de 2012

Despedidas

Siempre me pasa lo mismo. Varios días de felicidad desenfrenada, de despreocupación extrema, y de repente, el vacío. Nada. Un abismo que se cierne en mi corazón. Una sensación fría de vacuidad que recorre cada parte de mi cuerpo, sale del pecho y se extiende a cada extremidad infinita.
Casi todas terminan igual, con esa dicha y esa alegría alejándose, como si en un segundo se esfumara y nunca jamás tuviera que regresar. Nunca quiero que llegue el momento, pero una vez está ahí, lo tengo delante y me abofetea en la cara, es como si extendiera el brazo para cogerlo, pero no puedo; escapa de mis dedos inexorablemente.
Y es que últimamente las he sufrido bastante. Prefiero no contarlas, porque aunque parece que sean pocas, para mi se hacen eternas. Amigos o familiares que vienen de visita, te alegran cada minuto que pasan contigo, ríes, nacen anécdotas que en el futuro recordaréis, te cuentan sus historias, tú les cuentas las tuyas, llega el día D, ¿y qué? Todo eso desaparece físicamente.
De las peores despedidas prefiero no hablar. Esas que sabes que nunca van a regresar, que no tienes opción de volver a repetir. Como si de una cinta VHS se tratara, estas despedidas no las puedes rebobinar, como mucho grabarlas en tu mente para pensarlas después. Nunca he sido de recordar. Llamadme iluso, narcisista incluso, pero prefiero volver a experimentar, antes que tener que recordar, por muy grato que sea el recuerdo.
¿Por qué no podrán durar eternamente esos momentos? ¿Acaso no somos dueños de nuestra vida y nuestras decisiones? ¿No podemos permanecer imperecederamente felices? ¿Quién mueve los hilos de forma que tengamos que despedirnos de la gente? Las despedidas suponen el fin de algo. Lo que yo me pregunto es si también suponen a la vez el comienzo de algo nuevo. Algo confuso.
(Me he decidido a poner una canción al final de cada entrada del blog. Generalmente será la canción que he escuchado mientras he estado escibiendo la entrada. Espero que os ayude a hacer la lectura más amena, como me lo ha hecho a mi la escritura). 
"Shadow Days" - John Mayer